martes, 27 de julio de 2021

Jarilla

 


 

Catalina:

Te escribo estas palabras desde la sombra de una jarilla. Me cautiva el olor de su tallo leñoso y sus hojas resinosas. Todavía tengo algunos vagos recuerdos de mis últimos retazos de adolescencia, donde me sentaba al borde de esta misma acequia y esperaba a un chico que llegaba en bicicleta. Él, quería amarme como aman los varones, y yo soñaba que le hablaba de esas cosas imposibles que me dejaban sin aire, como tu nombre, sonando de la nada, en cualquier parte.

Catalina, hoy la mañana está demasiado tranquila y tanta calma me trae una nostalgia medio pegajosa. Sopla muy poco viento zonda ¿te acordás del zonda? ¡ese sí que mata! ¡no el amor, como pensábamos antes! Ni siquiera la añoranza, el polen o el desarraigo.

¿Te acordás del barco? ¿Te acordás cuando esperábamos una cama? O cuando nos sentamos esa mañana de solcito en la cubierta, vos con tu vestido y tu sombrero y yo con mi valija  llena de poemas, y te leí y te leí hasta que las letras se alaron y a mí se me hicieron boca aquellas aguas internacionales.

¡Cómo se nos fueron los años, Catalina! Y pensar que me vivías diciendo que teníamos toda la vida para nosotras. Yo solo te escuchaba y aunque no te lo decía, me entraban unas ganas muy profundas de arrancarle las agujas al tiempo. Nos hamacamos un rato en silencio, y yo sentí dentro mío cómo la vida se escaparía, a pesar nuestro... y ahora me río, mientras veo cómo la sombra también se escapa del árbol. Me río, Catalina,  sabiendo que han pasado ya esos años y esa vida previa y necesaria y todavía no has llegado.

¿Cómo te trató el camino de fuego que te abriste? ¿Cuántas veces has pisado tierra firme desde que llegamos a puerto? Quiero contarte, Catalina, que volé. Volé como pájaro hambriento en cientos de aviones, y de a poco –tan despacio como quien desteje un puente de lana- entre nubes y piruetas, te fui soltando.

Al final, Catalina, comprendí que lo mío son los cielos.

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