EL OJO FACINEROSO
Soy el ojo dibujado en el
papel cebolla: por medio de mi cristalino hurgo la existencia.
Así, desde donde me
explayo, logro satisfacer con certeza mi alcance y mi daltonismo. Pues dejo que
transcurran móviles los objetos sin nostalgia.
Luego, me declaro hacedor
de inventarios. Recojo lo lánguido, lo multicolor y lo huero en una selección
incesante. Distingo en diversos ardientes del frío, lo extendido o lo recóndito.
Los aproximo harto, hasta impregnarme de ellos con delicia.
Pero a veces, la inconformidad
me devasta, quiero obtenerlo todo y me fastidia la certidumbre. Y es en vano,
porque suelo siempre caer en lo remoto hasta volverlo indeleble.
Se que no va en mi cavidad
de esfera la ilusión del tiempo. Adentro, solo existe el ahora. Hago que quepa
lo perverso y lo incauto, lo llano y lo agreste: lo concreto. Tengo la posibilidad
de sostener una relación cordial entre lo que va tirando y lo que viene
cayendo. Sin enigmas, sin espiritualidades ni morbosidades; proceden en mí esos
vagones irreverentes de simultánea acción. Solo mis dioptrías dicen si están
cerca o lejos los blandos, los filudos y los yertos.
En esta extensión de
papel, en la trasparencia del mismo, sé que la telequinesis nunca se va a permitir
en mí albedrío; ella es, mientras cobro los rezagos de la infinitud permisible.
Se
que, mi retina es la pantalla que percibe los reflejos, en ella, peregrinan los
colores y las formas. Es todo y nada. Es un paradigma mutante de luces y de sombras.
Las sensaciones que se proyectan
allí, son envolventes al giro de una espiral hacia al epicentro de mi fóvea.
Entonces me doy cuenta, perfecta cuenta, que mis
párpados también han sido actores en el devenir de imágenes, participan; se contraen
para darle cabida al ensueño, coquetean mediante un rito de intermitencias y se
entrecierran para allegar lejanías.
Tras contener, imprimir
o preferir, vendrán a mis pestañas en revoloteos trágicos los que quedaron ausentes.
Guillermo Pulecio Corredor
Umbral del asombro, 3 de
octubre de 2021
COLOFÓN: Entre los humores
vítreo y acuoso van danzando el iris, la cornea y la pupila: atenazados por el músculo
ciliar.